Nuevos fantasmas, viejas costumbres

¿No os da la impresión de que ciertos términos se deberían revisar regularmente para actualizarlos como si fuera una nueva versión de un sistema operativo? Es algo que hacemos con la ciencia ficción. Tomamos la que hay escrita o filmada hasta ese momento y decimos “Esto que parecía ficción, a día de hoy es algo posible y cotidiano, así que ya no podemos calificarlo como ficción”. A partir de ese momento, la visión de esos avances como algo imposible se califica como una visión romántica. Pues, al igual que hacemos con la ciencia ficción, deberíamos repasar conceptos como millonario, libertad o fantasma.

Hay quien pensará que el concepto fantasma no ha evolucionado desde que se creó: una persona que se muere y queda atrapada en este mundo como un espíritu. Pero se equivocan, porque la RAE nos recuerda que también se refieren a una persona presuntuosa. El clásico personaje que presume de lo que no tiene. Pero aun así el término es revisable porque, actualmente, hay quien ha hecho de ser un fantasma una profesión.

Antiguamente el presuntuoso o fantasma era quien, en la barra del bar o en la máquina de agua de la oficina, presumía de ser una eminencia en un tema o de poseer medio concesionario de coches. Pero a día de hoy nadie se extraña cuando ve personas en redes sociales que se dedican a promocionar artículos que no consumen o hacer gala de una vida claramente artificial, pero que aceptamos (e incluso envidiamos).

Autoproclamados gurús y coaches, que se dedican a dar lecciones sobre negocios, crianza, salud o cualquier cosa que les pueda reportar algo de atención. Se supone que esto les llevará a costearse parte de esa vida a base de patrocinios, pero nada más lejos de la realidad. La mayoría de ellos solamente actúan como embajadores para intentar cobrarles a la marca por algo que no han pedido. 

Algo raro huele detrás de streamers o influencers que transmiten sus mensajes desde un rincón impecablemente decorado en una habitación caótica, dentro un enorme ático desprovisto de muebles y que han podido permitirse porque está compartido con otros personajes del estilo, como si se tratara de unas oficinas espectrales.

Posiblemente simpatices con alguna de estas personas y salgas a defenderlos a capa y espada. Para ti su autenticidad es intachable, pero te pido que reflexiones sobre la cantidad de contenido interesante que puede generar una persona al día y lo compares con las horas y horas de emisión de sus canales con la esperanza de que haya algunos minutos que se viralicen. Obligatoriamente ellos tienen también que pararse y reflexionar sobre lo que le puede interesar a su público para agregar más y más seguidores, y eso obliga a la persona a prostituirse y abandonar su autenticidad para adaptarse a lo que su público requiere.

Ente tú y yo, la máscara de estas personas cae en el momento en el que ponen un #nofilter en fotografías con más Photoshop detrás que una portada del Playboy. No te puedes fiar de la autenticidad de quien se reafirma como real. Es como comprarle un coche a Joe “El Honesto”. Muy dentro de ti sabes a ciencia cierta que venderían a su madre con tal de ser trending topic durante una semana.

De repente te das cuenta de que esos gurús no son más que mendigos con una legión de seguidores que, en realidad, no seguirían a semejantes tipejos aunque los pusieras a uno delante del otro. Es tan fácil consumir pasivamente estos contenidos que, si nos requirieran el más mínimo esfuerzo, terminaríamos por abandonar y buscar alguna otra distracción que nos permitiera vegetar un poco más sin más responsabilidad que mantener la batería de nuestro dispositivo cargada. 

Pero, al margen de esta nueva profesión, sí que hay fantasmas entre nosotros desde hace años, pero no se les ha prestado tanta atención como debiéramos. Son personas sin la presencia necesaria para ser consideradas socialmente. Seguro que se te viene a la mente algún que otro conocido que no tiene perfil en ninguna de las redes sociales y, para la generación nativa digital, es como si no existieran. Pero no me refiero a eso.

Hay quien vaga por el mundo de los vivos con constantes vitales pero sin sustancia alguna para el resto de la humanidad. Personas que conviven sin más gloria que la de ocupar un espacio y gastar oxígeno. Eso no quiere decir que no tengan una vida plena. Pueden perfectamente disfrutar de su infancia, quemar su adolescencia, establecer relaciones de amistad y sentimentales, y dejarse la piel en el trabajo hasta tener la edad de descansar y fallecer. Pero de toda esta trayectoria vital no van a tener constancia personas más allá de un par de grados de distancia ¿Qué son esas personas sino fantasmas?

“¡El puto Samu exagerando siempre!” Es posible que creas que es así, pero hablo con conocimiento de causa porque en esa curva ME MATÉ YO. Personalmente me he considerado una de esas personas desde que tengo conocimiento de causa.

Ser un segundón me ha obligado a observarme haciendo esfuerzos titánicos para destacar que más tarde han caído en saco roto por mi propia condición. Me he vestido con la ropa más extravagante que encontré, pegándole autenticas patadas a la normatividad. Una adolescencia combinando ropa deportiva de tactel con pañuelos de cachemira en el cuello y camisas de franela heredadas, para que un par de imbéciles se rieran de mí y se ocuparan segundos después de sus asuntos. 

Aunque aparecía en las fotos oficiales en el instituto, jamás nadie reparó en mí. Hasta tal punto que en alguna ocasión no pude asistir y ni el profesor me echó de menos. De hecho, este fenómeno se repite de vez en cuando al recordar con los amiguetes alguna anécdota y no te recuerdan en ellas. El clásico ¡Ah! ¿Pero tú estabas allí también?, no se hace esperar.

Nunca fui popular ni me sobraron los amigos. Apenas encontré a nadie que se sintiera atraído por mí. Nunca fui la primera elección para nadie pese a tener aptitudes de sobra para destacar frente al primer elegido. Esto únicamente tendría sentido si, como sospecho, no soy más que un ectoplasma.

Pero lo que describo no es tan extraño como lo pinto. Mucha gente puede encontrarse en este tipo de situaciones si no es muy afortunado con sus habilidades sociales. Pero es que hay señales de que puedo desaparecer a plena vista.

¿Tú también te has pertrechado frente a la barra de un bar y han pasado minutos y minutos mientras el camarero o la camarera atendía cualquier persona antes que a ti? En ese caso puede que tú también seas un fantasma.

Pero no pasa nada, pronto viene cualquier otro miembro de tu entorno a echarte un cable y lanza la comanda con toda la comida y la bebida del grupo. Sales de ese atolladero pensando que lo peor ya ha pasado pero, cuando traen el pedido, te das cuenta de que falta exactamente lo que tú habías elegido ¿Cómo es esto posible? Nadie le había dicho a quién pertenecía cada cosa ¿Cómo es posible tanta puntería si no hay un motivo paranormal detrás?

Es curioso como pasar por encima de ti, sucede aunque no estés presente. Es de lo más habitual que en la lista de resultados de un examen, en cualquier trámite burocrático o esperando tu turno en el médico, el sistema informático o los administrativos se salten tu nombre o no lo incluyan en el proceso. Parece como si tu propio nombre o número de DNI transmitieran esa misma energía y algún poder los obligara a pasar de ti por algo. Luego toca reclamar y, más allá de ignorarte, directamente te odian.

También te das cuenta de que tu voz es capaz de desaparecer. En una conversación puedes comentar cualquier cosa para acto seguido ser ignorada o interrumpida. Minutos más tarde alguien dice exactamente las mismas palabras que tú y todos escuchan con atención, se ríen y asienten.

Si sólo fuera terriblemente feo, tuviera una enorme cicatriz en la cara o me faltaran todos los dientes de la boca, seguramente nadie se olvidaría de la tapa que pidió el monstruo de la mesa 4. Pero ser calvo con gafas no ayuda en absoluto a superar esta situación. 

Los calvos con gafas somos como un Señor Potato aún por montar. El lienzo en blanco de las caras. Tan sólo un boceto sobre el que desarrollar una persona. Los NPCs del juego en el que te ha tocado gastar tus créditos. Efectivamente, yo también soy víctima del temido Síndrome de Mortadelo.

Este síndrome es parecido al Síndrome de Antonio Resines por el cual, todo el mundo tenía un cuñado clavadito a Resines solamente porque era calvo con barba allá por los 80. En el caso del Síndrome de Mortadelo, todos los hombres que sean calvos (rapados y/o afeitados) y que lleven gafas (preferiblemente de montura oscura o de pasta), se convierten automáticamente en la misma persona. Eso quiere decir que habrá gente que agrie el gesto porque te saludó un día por la calle y no le devolviste el saludo, o que te cuenten cómo abordaron por la espalda a un señor que habían confundido contigo aunque midiera un palmo más y estuviera tatuado hasta las cejas. 

Entiendo que esto te puede parecer bastante común. A todos nos han confundido por la calle con otro. Pero cuando es tu propio hijo el que se agarra de la mano de cualquier calvo con gafas, el Síndrome de Mortadelo escuece.

Si no termina de convencernos lo fantasmal de nuestra condición, busquemos entonces una explicación alternativa. Actualicemos la terminología y digamos que estas personas que podríamos calificar como fantasmas, podrían ser sin problemas seres que operan en diferentes dimensiones a la vez o que pertenecen a otro universo. Me encantaría pensar que tal como soy, así de paliducho e ignorable, puedo ser una persona relevante y llamativa en cualquier otra realidad alternativa o línea temporal.

Pero no podemos escurrir el bulto y dejar el peso de nuestra vida social en la resolución de un dilema lingüístico. Tomemos cartas en el asunto y normalicemos estas nuevas figuras al imaginario popular. No digo que salgamos a la calle disfrazados de donnadies este halloween, pero sí que intentemos abrir bien nuestros ojos y orejas para captar las sutilezas para que un señor calvo con gafas consiga ser atendido a la primera en una carnicería. Es un simple gesto pero, aunque parezca mentira, es capaz de devolver la humanidad a una persona de golpe.

Sería un sueño hecho realidad, pero creo que es más probable que adoptar estas nuevas figuras sólo signifique darle más likes a los vídeos de un fanfarrón teñido e hipertrofiado que nos alecciona desde un trono en casa de sus padres. Una prueba más de que hemos normalizado postureo en nuestras vidas.

Ojalá pronto surjan nuevos fantasmas y los poquita cosa y los egos inflados sean tan solo una visión romántica y antagónica de lo más espectral que el ser humano pueda ofrecer a día de hoy.


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